domingo, 18 de marzo de 2007

Siempre quedará la montaña


El western. Un género devoto de tópicos y clichés que se ha encargado de erigir un monumento al ideal de masculinidad acartonada, árida, ruda, casi brutal. Pocos han sido los directores (salvo quizás, Arthur Penn, en la ambigua El zurdo) que se han atrevido a abordar este género cuestionando los estereotipos reinantes. Es por eso que el taiwanés Ang Lee ( Cabalga con el diablo, Tigre y Dragón) plantea una novedad al ambientar la historia de amor entre Ennis (Heath Ledger) y Jack ( Jake Gyllenhaal ) precisamente en el Oeste: la América profunda y rural de los años 60. Narrada con austeridad, serenidad y haciendo gala de un gran preciosismo estético, la película es, desde luego, mucho más que un “western gay”. Es una reflexión acerca de la devastadora homofobia rural. La historia de dos hombres obligados a negar el único gran amor que sentirán de por vida. La historia de Ennis y Jack , de un romanticismo atípico, esta narrada con pudor, con languidez, con un respeto casi escrupuloso, todo ello a juego con las actuaciones de los protagonistas: Heath Ledger, que da vida a un Ennis atormentado, complejo y necesitado de cariño y Jake Gyllenhaal, en una intimista interpretación de un joven ranchero, alegre y despreocupado, siempre en lucha contra una pasión prohibida y contra su propia naturaleza. Sólo hace falta mirar a los ojos de Jack Twist para saber lo que es un amor desgarrado.Pero la película deja en el espectador una huella conocida: la sensación agridulce que dejan las historias de amor que mueren hambrientas. Y la gran traba para la realización de ese amor es, de nuevo, la sociedad que los rodea: el ambiente machista e intransigente de los ranchos ( encarnado en la figura de Aguirre) y la cotidianidad claustrofóbica de sus familias ( Laureen y la sufrida Alma): toda una galería de secundarios –en un muy segundo plano- que contribuyen a reforzar el universo íntimo de Jake y Ennis: un universo delicado y frágil, reforzado por multitud de detalles sutiles: la camisa de Ennis en el armario de Jack ( y cómo finalmente vuelve a su dueño), las latas de judías consumidas al lado del fuego, las escapadas de Jack a México para satisfacer sus apetitos carnales, los escarceos de Ennis con una camarera después de su divorcio, el progresivo desgaste de los protagonistas, manifiesto en la soledad, la amargura, una barriga prominente aquí, unas canas y unas patas de gallo más allá. Y al fondo, como testigo impávido de tanta desazón, la ficticia montaña Brokeback, tan grandiosa como hostil, que se convierte en el nicho de los dos amantes, en el lugar donde todos sus deseos encuentran satisfacción. El de Jack y Ennis, como todos los amores prohibidos, también tiene un lugar propio: la montaña. Y a ellos, hasta el último momento y pase lo que pase, siempre les quedará Brokeback Mountain

1 comentario:

Lara dijo...

He entrado hoy en tu blog por primera vez. Me ha encantado tu crítica de Brokeback Mountain, es una película difícil de entender, la verdad. Muy linda :-)
Lara (de la uni)