miércoles, 11 de abril de 2007

Soledad mecánica


“Estar sólo en medio de una multitud”: una frase que suena a tópico, a verso de poema o a estrofa de canción melosa. Sin embargo, nada es más fácil en los tiempos que corren: en una época en que la población mundial sigue creciendo hasta rebasar los límites de la prudencia, la soledad es todavía una opción para aquellos a quienes el mundo les estorba o incomoda. Nos referimos a la soledad como elección voluntaria: ese tema universal tan tratado por Nietzsche o Kafka. El uno abogaba por la autosuficiencia del superhombre, el otro por una quietud casi abúlica; si ambos siguiesen vivos en la actualidad, no sería extraño que se ocupasen de otro tipo de soledad: la soledad en compañía de las máquinas, la soledad automatizada.

Hagamos la prueba: Un día cualquiera en una ciudad grande. Madrid, por ejemplo. Intentemos cruzar las mínimas palabras posibles con los seres humanos que nos acompañarán a lo largo de la jornada: nada más fácil. Intentemos, en cambio, llegar al final del día sin haber interactuado de alguna forma con una máquina, sin haber tenido contacto con la tecnología: nada más difícil.

Imaginemos más: nos levantamos por la mañana dispuestos, con más o menos presencia de ánimo, a desplazarnos hasta la universidad o lugar de trabajo: metro obligado: una máquina nos aporta el billete, otra máquina se lo traga y nos cede el paso. El subsuelo nos absorbe, los pasillos se hacen interminables y la marea humana nos envuelve.Todo el mundo va con prisas;y como lo que hace Vicente lo hace la gente, basta con que un solo individuo camine velozmente para que los demás apretemos el paso, al unísono. Las escaleras mecánicas parecen una autovía: las retenciones a la derecha, a la izquierda los adelantamientos. Si algún despistado se para en el centro, surgirán bocinazos de múltiples gargantas. Llegamos al andén, los vagones se abren con complacencia, algún que otro empellón, y entramos. Raro es que hablemos con nuestros vecinos de asiento, sin embargo, escucharemos con atención la voz automatizada que nos informa de cuál es la próxima estación.

Salimos a la superficie, y es probable que tengamos que coger el autobús: basta con enseñarle al conductor el rectángulo naranja con nuestra foto, no es necesario hablarle, no hace falta mirarle a la cara. Llevamos dos horas despiertos y las máquinas nos han acompañado como sombras; pero esto no acaba aquí: ¿Necesitamos dinero? Los cajeros automáticos son siempre muy complacientes. ¿Necesitamos cafeína? En las máquinas de café el surtido es cada vez más completo.

Y así, cada vez más, hay objetos en vez de personas: llaves maestras que nos hacen la vida más fácil, pequeños griales despersonalizados y fríos: el futuro.


O, como dice J.M Fonollosa: "La ciudad está llena de caminos. Todos son buenos para escapar de ella."


*Foto de Óscar Monzón

4 comentarios:

Jorge dijo...

Es verdad, las máquinas nos ayudan en nuestra vida pero siempre es un error el ponerlas por encima de las personas. Las máqinas están a nuestro servicio, los que realmente importamos somos nosotros.

claudia dijo...

Por mucha máquina o atomatización posible tambien necesaria para el progreso, nunca se podrá eliminar algo inherente al ser humano "los sentimientos" que son la base de nuestro binestar.....
bicos

Iria dijo...

sin duda, vamos camino de la ciudad despersonalizada y fría pero siempre podrás encontrar a alguien que te de una sorpresa

Bea dijo...

Claro que sí, las personas siempre están por encima y las sorpresas, donde menos te las esperas. Besos a todos.