jueves, 17 de junio de 2010

Responsabilidad tasable: los beneficios a largo plazo de la ISR.

Durante décadas, la gestión corporativa ha girado en torno a un mismo y tajante poste: la búsqueda de beneficios económicos como única garantía de la buena salud empresarial, las cifras como espejo de la robustez corporativa, los afanes cortoplacistas como burda excusa de las malas prácticas y la indiferencia hacia los grupos de interés. Durante décadas, la viabilidad de los proyectos empresariales ha sido juzgada según las cifras ofrecidas por los ROI (return on investment) obtenidos tras el cuadre de las cuentas de resultados, supeditando las decisiones estratégicas- plagadas de sutilezas, pródigas en retruécanos- a la simplicidad de una fórmula puramente matemática. Ha tenido que irrumpir la peor crisis económica desde el crack de 1929 para que el panorama empresarial asuma la utilidad de un “return on investment” completamente diferente: el retorno de la inversión social o, lo que es lo mismo, la visión pragmática de la Responsabilidad Social Corporativa, desligándola por fin del papel teórico y filosófico –cuando no de mero barniz para paliar las expectativas de los stakeholder- que ha sido su rémora durante mucho tiempo.

Quedan ya lejos los tiempos en que Milton Friedman convencía con su libro “Capitalismo y libertad”, asegurando que “pocas tendencias podrían socavar tan profundamente los fundamentos de nuestra sociedad libre como que los directivos de las empresas asumiesen otro tipo de responsabilidad que no sea generar tanto dinero como fuera posible para sus accionistas”. En la actualidad se admite- al menos teóricamente- que las compañías han de responder no sólo ante sus accionistas, sino también ante sus proveedores, clientes, empleados, competidores, sector público, organizaciones no gubernamentales y el resto de la sociedad en general. Al amparo de esta nueva tendencia han proliferado en los últimos tiempos conceptos relacionados con la responsabilidad social: gobierno corporativo, ciudadanía corporativa, triple balance, auditoría social y medioambiental, transparencia, sostenibilidad… Entre ellos, la inversión socialmente responsable pretende dar una vuelta completa al manido calcetín de la preeminencia de las cifras como indicadores de buen gobierno empresarial. Conviene entonces, como antídoto ante los directivos escépticos que se aferran todavía a la búsqueda voraz del beneficio, demostrar que los beneficios de la inversión social son perfectamente medibles y cuantificables.

INVERSIÓN DE IMPACTO

El Retorno Social sobre la Inversión (SROI) se revela como una herramienta capaz de proporcionar una radiografia completa del modo en que una compañía crea valor, indicando a través de un coeficiente el valor social creado por cada unidad monetaria invertida. Se trata, básicamente, de una comparación entre el valor social generado por una iniciativa y la inversión necesaria para lograr es impacto. Otros conceptos, como los precios sombra y la tasa social de descuento, se adentran también de forma incipiente en los todavía inexplorados territorios del retorno de la inversión social.

La importancia de medir la inversión social va mucho más allá del afán por convencer a los últimos – pero robustos- reductos de accionistas incrédulos. Es, de hecho, la forma en que las buenas prácticas se conviertan en políticas empresariales, se enraícen en el ADN empresarial, pasan de ser conceptos filosóficos a realidades tangibles.

En las últimas semanas, la Inversión Socialmente Responsable ha saltado de nuevo a la palestra, tras noticias recientes como la adopción por parte del Comité Económico y Social Europeo (CESE) de un dictamen en el que se apuesta por una mayor regularización de la ISR, tratando de incorporar una mayor transparencia y un continuo proceso de evaluación. Además, y de un modo más espinoso, dos académicos de la Universidad de Oxford criticaban a principios de este mes el “extremo privilegio de la ética en detrimento de la eficacia de las inversiones” por parte del Fondo Global de Pensiones del Gobierno Noruego. Para los académicos Gordon Clark y Monk Ashby el posicionamiento ético del Fondo podría ser contraproducente para alcanzar la “plena eficacia” de las inversiones. La respuesta por parte del Fondo no se ha hecho esperar, y en declaraciones al Rotman International Journal of Pension Management ,Trude Myklebust afirma que la orientación a lo ético, lejos de un desequilibrio, permitirá la obtención de beneficios a largo plazo.

En el panorama europeo, la Inversión Socialmente Responsable representa una de las áreas de mayor crecimiento en los últimos años. Según datos del Foro Europeo de Inversión Sostenible (Eurosif), sólo en Europa la ISR ha crecido un 46% al año durante el último ciclo expansivo, y en ese mercado representa ya casi un 18% de los activos gestionados, lo que revela que la ISR está abandonando ya su estatus de nicho de mercado para tratar de convertirse en una práctica de alcance general. En cambio en España, el desarrollo ha experimentado una evidente desviación con respecto a la tendencia europea, puesto que tiene un mercado infradesarrollado que todavía no ha alcanzado el 1% de la inversión total, según Eurosif. Esta situación se da aún tras la firma de los Principios de Inversión Responsable de Naciones Unidas y la creación de Spainsif. Es entonces imprescindible adquirir todavía una mayor conciencia de los beneficios a largo plazo de la ISR para la salud empresarial, un proceso que pasa por el fortalecimiento de los inversores individuales y la adopción de una actitud mucho más activista, más crítica hacia los compañías a las que no solamente ha de exigirse en el plano económico, sino también en el ético, social y medioambiental.

Para Diario Responsable 16-06-10