viernes, 16 de julio de 2010

La “huella social” rastrea la estela de los impactos corporativos y económicos en la comunidad

Durante décadas, la gestión corporativa ha estado orientada a la búsqueda de beneficios como única garantía de la buena salud de los mercados, como indicador exclusivo de reputación corporativa. Tras la crisis económica, los afanes cortoplacistas y la credibilidad absoluta en las bondades de los ROI ( return on investment) obtenidos de las cuentas de resultados han dado lugar a la búsqueda un modelo de gestión más sostenible y transparente. La obtención de liquidez ya no sirve como excusa para justificar los desmanes corporativos, amparados durante siglos en el voraz “business is business”. La nueva era de la responsabilidad ha llegado para quedarse, y responsabilidad es precisamente lo que se les exige a las compañías, tanto en su dimensión financiera como social y medioambiental. Para restar indefinición al difuso concepto de la Responsabilidad Corporativa, han surgido mecanismos cuantitativos que permiten calcular el alcance de la responsabilidad de las empresas.

Así, la huella de carbono y la huella hídrica empiezan a hacerse públicas para los stakeholders de las compañías con mayor potencial contaminante. Pero existe otra huella que también debe ser calculada: la que cuantifica el impacto de la actividad de la compañía en materia humana, laboral y social.

La huella social es capaz de medir factores tan determinantes como los empleos globales que una empresa consume, o lo que es lo mismo, que debería crear y no crea, y engloba cuestiones tales como el consumo desmesurado de recursos, el reparto poco equitativo de los recursos naturales y económicos y los desmanes del insaciable sector productivo del mundo desarrollado en relación con las comunidades emergentes.

TEJIDO SOCIAL

A la hora de calcular la huella social conviene tener en cuenta el capital social, concepto que, en la conocida definición de Putman, alude a las interconexiones entre los diversos elementos que conforman el tejido social, personas, redes de personas u organizaciones y las normas de reciprocidad y confianza que derivan de ellas. El propio concepto de la Responsabilidad Social lleva inherente la idea de compromiso, integración, cooperación y vínculo entre las compañías y la comunidad. El capital social ha de orientarse a esa búsqueda, a la minimización de la huella social. Para Juan L. Doménech el desarrollo sostenible “necesitaría algo más que lo económico, lo social o lo ecológico para ser realmente sostenible; necesitaría ese ingrediente cultural "extra" (no solo el conocimiento laboral) que capacita a la persona a auto-desarrollarse y a auto-progresar. Sería un cuarto eslabón, el auto-conocimiento (el cual, a su vez, influye en el resto de sistemas), que supondría la culminación de la sostenibilidad”.

 Es esta una idea que enlaza con las de autores como Thomas Friedman  que abunda en su obra en el concepto de la “reforma al por menor”, aliada de cuatro conceptos trascendentes de la sociedad: infraestructura, organismos reguladores, enseñanza y cultura, con el objeto base de capacitar al mayor número posible de habitantes, disponer del mejor marco legal e institucional para innovar, montar empresas y convertirse en socios atractivos para los que deseen colaborar con ellos desde cualquier parte del mundo, es decir crear el ambiente más óptimo para la creación de empresas. La conclusión ante la necesidad de esta segunda reforma, es que los países no sólo crecen con políticas fiscales y monetarias implantadas desde el gobierno, sino que resulta imprescindible dar facilidades para que el mayor número de habitantes monte empresas y gane en competitividad frente a otros mercados. La clave está, pues, en revitalizar la economía desde  abajo, desde “dentro”, apuntando a su base y constituyendo así unos cimientos firmes que sirvan de soporte para la construcción- o en muchos casos reconstrucción-económica del país.


En este orden de cosas, un buen ejemplo de minimización de la huella social estaría compuesta por los negocios en la conocida como “Base de la Pirámide”-que engloba  a los casi dos tercios de la humanidad que no giran al ritmo de la enorme rueda del sistema económico mundial- y que ha ido tomando forma en los últimos tiempos. Los negocios en la base de la pirámide que realmente son transformadores de desarrollo social y económico reúnen características comunes, tales como el estar basadas en modelos de negocio que crean valor para la empresa y la comunidad, contemplar los elementos de la Triple Bottom Line (impacto social, económico y medioambiental de la actividad empresarial) y tener potencial a gran escala para conseguir un impacto transformador sobre la sociedad y generar beneficios económicos.

A la hora de poner en funcionamiento la rueda de la huella social adquieren importancia conceptos como el del Retorno Social sobre la Inversión (SROI), que surge como una herramienta capaz de retratar con gran fidelidad el modo en que una compañía es capaz de crear valor social, indicando a través de un coeficiente el valor para la comunidad creado por cada unidad monetaria invertida. Se trata, básicamente, de una comparación entre el valor social generado por una iniciativa y la inversión necesaria para lograr es impacto. Otros conceptos, como los “precios sombra” y la tasa social de descuento, se adentran también de forma incipiente en los todavía inexplorados territorios del retorno de la inversión social.

“LAND-GRABBING”

A nivel macroeconómico- lejos ya del complejo microcosmos de las actividades corporativas- existen también ejemplos meridianos de huellas sociales de gran profundidad. Tal es el caso del fenómeno conocido como “land-grabbing” (apropiación de tierras), la compra masiva de tierras en países emergentes por parte del primer mundo que ha llegado a considerarse como una nueva forma de “moderno colonialismo”. Naciones Unidas ha advertido que estas adquisiciones podrían ocasionar un riesgo de pauperización en las ya muy sangradas economías del tercer mundo, pero los avisos parecen haber caído en saco roto a juzgar por las adquisiciones masivas de países como China o los Estados del Golfo, que no pueden producir por sí mismos alimentos suficientes. Con un marcado efecto dominó muchos países compiten entre sí comprando más y más tierras y explotaciones. Los estados con petrodólares y divisas se cuentan entre los más activos en este nuevo reparto del pastel geográfico mundial: Corea del Sur, China o Japón ostentan , entre otros, un total de casi 8 millones de hectáreas de tierras fértiles compradas o alquiladas en el exterior. También los países del Golfo, sin agua ni campos fértiles que cultivar, se han lanzado a las compras de parcelas exteriores. Los Emiratos Árabes Unidos controlan 900.000 hectáreas en Pakistán, y están sopesando proyectos agrícolas en Kazajistán.


Ciertamente, durante décadas la humanidad ha mantenido una relación de explotación y desgaste del planeta, de sabotaje en muchos casos, sin tener en cuenta que los recursos naturales no son infinitos y que los daños indiscriminados al medio ambiente se reproducen en las fatales consecuencias del cambio climático. Parece difícil y lejano el objetivo de conseguir un nivel de vida global  que sea económicamente sostenible a la vez que no daña la biodiversidad biológica, el clima o los ecosistemas. A este respecto, el Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible (WBCSD) presentó recientemente en la capital india una nueva investigación ‘Visión 2050’, que analiza el “sendero” que deberá marcar las directrices para conseguir que una población global de aproximadamente 9.000 millones de personas alcancen el bienestar dentro de los límites de recursos del planeta de cara a 2050. El documento pretende ser manual de ‘deberes’ (must have) sobre las medidas a tomar durante la próxima década para alcanzar una sociedad planetaria lo más sostenible posible.  Entre las tareas propuestas se incluye la puesta en marcha de los mercados de servicios de ecosistema y agua, el redoblamiento de la producción agrícola sin el aumento de la cantidad de tierra o agua utilizada; la reducción de la deforestación o el aumento de bosques plantados, reduciendo a la mitad las emisiones de carbono en todo el mundo.

Son, por tanto, imprescindibles, a la hora de reducir tanto la huella de carbono coo la social,  el diálogo permanente y la conciencia colectiva común. En materia de desarrollo sostenible se hace imprescindible abordar el desarrollo de las necesidades de miles de millones de personas, potenciar la educación, la formación en sostenibilidad y las eco-soluciones a los problemas económicos y ambientales.

16-07-10 para iCNr

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